Ayer, por mi cumpleaños, mi compañero de piso Dave me llevó a un bar que por poco hace que se me salten las lágrimas de la emoción. Se llamaba "Barcade", en Williamsbourg, cerca de Hewes Street. Es un bar lleno de maquinitas de videojuegos de los años 80. Estaban todas: Arkanoid, Ghosts n' Goblins, Pac-Man, The Frog, Tetris, Out-Run... Jugar una partida costaba sólo 25 centavos. En una pared del bar había una pizarra con los High-Scores (el de Tetris, por ejemplo, llevaba 1190 líneas)
Fue como si pasara mi infancia por delante de mis ojos. Y es que he cumplido 30 años. Es una de esas edades clave en las que uno se supone que se plantea cosas, pero la verdad es que aún siento que tengo mucho por hacer. Cuando cumplí 20 años, alguien me dijo: "En esta década tienes que tener tu vida encarrilada, que luego será imposible hacerlo". Desde entonces, me he pasado muchos cumpleaños pensando dónde estaría a los 30 años.




No sé qué mecanismo diabólico del destino me ha llevado a cumplir los 30 años en Nueva York. Y sobre todo, qué me ha llevado a celebrarlos en el "Barcade". Ha sido como aquella escena de Amelie en la que un señor descubre una caja de latón con los juguetes de la infancia que había escondido de pequeño.
Soy afortunado por haber podido celebrar mi cumpleaños jugando, como cuando era niño. Soy afortunado porque ahora mismo estoy escuchando a Ennio Morricone en la intimidad de la noche mientras os cuento esto. Soy afortunado por todas esas cosas que todavía quiero hacer en la vida. Y no sé si aún tardaré una década o dos, pero sé que mientras lo intente, trataré de no olvidar que la pena no es morir en el intento, sino no saber que estabas vivo.
OLI I7O