miércoles, 5 de diciembre de 2007

Trilogía de una despedida (3)

Maldita Gran Manzana.

En una de las mejores escenas de Big Fish (Tim Burton, 2004), el protagonista, tras pasar una temporada en Espectro, el pueblo perfecto, se da cuenta de que, a pesar de esa perfección, ha llegado la hora de marcharse. Una niña, la misma que días antes lanzó a un cable los zapatos de éste, asiste al momento de su partida:

-Tengo que irme. Esta noche.
-¿Por qué?
-Este pueblo es más de lo que podría soñar cualquiera. Y, si al final acabara aquí me consideraría afortunado. Pero, la verdad es que aún no estoy preparado para acabar en ninguna parte.
-¡Pero nadie se ha ido jamás!
-...
-¿Cómo vas a poder irte sin tus zapatos?
-Sospecho que me va a doler... mucho. Bueno, lo siento, pero... En fin, adiós.
-¡No encontrarás ningún sitio mejor!
-Ni espero hacerlo.
-Prométeme que volverás.
-Te lo prometo. Algún día. Cuando sea mi momento.

Nueva York no es una ciudad perfecta. Pero es una ciudad donde cada par de zapatos condensa una historia. Ahora mismo, mis zapatos cuelgan de un cable frente a Hart Street, la calle del corazón, la calle de mi casa, a donde he ido a dormir cada noche desde marzo, para levantarme cada día y seguir luchando y no rendirme, como me dijo aquel señor anónimo de la gabardina, en febrero, y que hoy ni siquiera sospecha que me he acordado de él.

Mis zapatos sólo son el pequeño testimonio de mi historia en esta ciudad, pero hay muchas otras más. La historia de Gisela, que lleva ocho años sin ver a su familia en Argentina y que sólo le queda la opción de casarse si quiere dejar de ser ilegal; o la historia de David, un pintor que sueña con vivir en París, pero no se atreve a hacerlo porque tiene miedo a fracasar; o la historia de Stephanie, que acaba de abrir un bar y, además de estar endeudada, no puede librar ni un solo día.

Sé que mi historia solamente ha sido una entre tantas. Y sé que, de alguna manera, todas las miradas en el metro, las lágrimas, los temores, los abrazos y los atardeceres, pero sobre todo las palabras, ya son parte del espíritu de esta ciudad. Pero mi tiempo se ha acabado. Ya no volveré a escribir en esta página. Mi vida sigue, pero no aquí. Es hora de dejar atrás mis zapatos y la historia de todo lo que he vivido en esta gran manzana. En esta maldita gran manzana.


Pablo

martes, 4 de diciembre de 2007

Trilogía de una despedida (2)

Déjalo estar.

En los últimos años de su vida, John Lennon siempre renegaba de su etapa con los Beatles. Cuando Mark Chapman le hirió de muerte con cuatro disparos por la espalda, la policía acudió corriendo al lugar de los hechos. Uno de los agentes le preguntó a John Lennon, que perdía cada vez más sangre, quién era. Éste le respondió: "Soy John Lennon, de los Beatles". Poco después, en el hospital Roosevelt, certificaron su muerte.

Es curioso cómo ciertas historias vuelven a la cabeza con inusitada fuerza. John Lennon, que le salía un sarpullido cada vez que oía la palabra "beatles", viendo inminente su muerte, se despojó de todas esas capas de rencor para definirse como "John Lennon, de los Beatles".

Creo que sé el motivo de por qué llevo acordándome de John Lennon todos estos días. Hace años, en Finisterre, en el punto del acantilado donde miraba hacia el Atlántico intentando imaginar si algún día iría a Nueva York, sonó "Let it be" en mi cabeza. Horas antes, en el pueblo, había estado jugueteando con un pequeño carillón que tocaba esa melodía. Probablemente no sabía hasta qué punto estaba grabándose a fuego esa canción en mi subconsciente. Ni siquiera lo supe después, en ese acantilado.

Cinco años después de girar la manivela de aquel carillón, ya en Nueva York, pasé un momento complicado. Tommy, mi compañero de piso, músico de gran talento (ya lo veréis), andaba por casa. Le pedí que me cantase "Let it be". Necesitaba escuchar esa canción. Le pedí que la tocase en solitario en el salón, como hacía habitualmente al ensayar, mientras yo fingía no escucharle desde mi cama.

De entre todos los rincones de Nueva York, he elegido el famoso memorial de John Lennon para dar mi último paseo. No es un lugar secreto, y ni siquiera es mi rincón favorito, pero me apetece sentarme y tratar de imaginar cómo será Nueva York cuando yo ya no esté aquí.


OLI I7O

lunes, 3 de diciembre de 2007

Trilogía de una despedida (1)

Estos americanos...

Este es el subtítulo del blog donde estáis leyendo estas líneas. Confieso que desde que lo abrí pensaba que iba a despellejarles, apoyado por los prejuicios que traía sobre ellos antes de venir. "Estos americanos…", pensaba.

Estos americanos… Entre estos americanos está la chica del metro que me sonrió porque le dejé mi asiento a una anciana. También está, entre estos americanos, el hombre de la gabardina que conocí en mi primer paseo por Manhattan. Le conté que era mi primer día en la ciudad, y me dio la bienvenida sonriendo. Me deseó mucha suerte y me dijo que no me rindiera si las cosas se ponían difíciles.

Gracias a la generosidad de estos americanos, hoy llamo amigos a algunos de ellos, como a Mike, que entra casi todos los días para leer el blog con el traductor automático de Google y que el pobre se pierde gran parte del contexto de las entradas. No le importa, porque me conoce y sabe cómo cuento las cosas. Y porque esa amistad hace tiempo que superó los límites de la traducción electrónica.

También, por supuesto, entre estos americanos está el burócrata prepotente de aquel mostrador (al que ni siquiera considero humano), pero también están aquellos que, sentados en las escaleras de Union Square, aquel día levantaron sus pies para que el barrendero pudiera hacer más cómodo su trabajo mientras avanzaba con su escoba. Los mismos americanos, pero distintos, que, en un día lluvioso como hoy, han apartado el paraguas para no metérmelo en el ojo al cruzarme con ellos.

Tal vez sea algo exclusivo de Nueva York, o tal vez sea generalizado a todo el país. Puede que Nueva York, la capital del mundo, con tantos inmigrantes y tantas formas de pensar distintas, haya alcanzado un carácter medio que afecta a todos sus habitantes. El carácter medio del ser humano. Si eso fuera cierto, empezaré a creerme aquello de que el hombre es bueno por naturaleza. Como dice Shakespeare, ¿qué es la ciudad, sino sus habitantes?

Estos americanos han sido una parte fundamental de la energía que, todavía, mueve este blog. La otra habéis sido vosotros, los que habéis entrado de vez en cuando a leer estas historias. Para qué negarlo, saber que te leen es una satisfacción, y más cuando esta ciudad ha sacado tantas cosas buenas de mí. Vosotros sois mi blogofrenia, como ya dije en mi primera entrada. Así pues, a todos vosotros, y a estos americanos, gracias. De momento.


OLI I7O

domingo, 2 de diciembre de 2007

Magic New York

Tenía pendiente escribir una entrada especial para nuestro vecino JMGH. Por si no lo sabéis, este todoterreno multimedia y polifacético, pero sobre todo un tipo normal, también lleva otra página web dedicada a los juegos de cartas Magic.
(Vale, sí, realmente es "Magic The Gathering")

Tengo que reconocer que no sabía qué era eso del Magic, salvo por alguna referencia del pasado. Y sigo sin saberlo exactamente, pero el propio JMGH nos dejó enlazadas unas instrucciones para aprender las bases del juego, cosa que tengo pendiente.

La primera vez que vi a alguien jugar pensaba que estaba hablando en lenguas extrañas (eso de bajarse tierras es un concepto complejo para mí), pero algo tiene que tener para que haya legiones de seguidores en el mundo.
Hoy quería hablar de una tienda que acaba de abrir: Neutral Ground. Como ceremonia de apertura, han organizado una quedada magiquera con bastante éxito. La tienda está en el número 15 de la calle 37 oeste, acera norte (entre la Quinta y la Sexta Avenida): vamos, que poniéndote de puntillas, ves la aguja del Empire State (en la 34).
Esta tienda está muy bien surtida de género, y organizan muchos encuentros, no sólo de Magic. Si bien he pactado con ellos no publicar fotos con caras, os podéis imaginar el alboroto que había en el sótano de la tienda, donde se celebró el encuentro: un continuo trajín de jugadores entrando y saliendo, blandiendo sus armas rectangulares sobre los tapetes y sumando puntos. Había muy buen rollo. Calculo que habría unas sesenta personas (de las cuales, sólo tres chicas).
Sin embargo, un magiquero que conocí por aquí me habló de un lugar privilegiado donde comprar cartas difíciles de encontrar. Se trata de PJS Grocery, una diminuta tienda regida por un indio que posiblemente ignora que tiene cartas tan valiosas a tan buen precio. La tienda está en el 232 de la calle 14 este, acera sur (entre la Segunda y la Tercera Avenida).
Así que si alguna vez me escucháis decir que Nueva York es una ciudad mágica, no me miréis como si fuera un Kandinsky. No soy tan alegórico.


OLI I7O

sábado, 1 de diciembre de 2007

Metamorfosis (3)

Llevo casi un año aquí... parece mentira. En todo este tiempo, he podido ver las cuatro estaciones cambiando en Nueva York. Cada una de ellas ha tenido su encanto: mi primer paseo por Central Park, nevado, ver cómo empieza la primavera y la gente sale a hacer vida en la calle, comprobar que los neoyorquinos no necesitan piscinas en verano, porque tienen las fuentes de las plazas, o respirar el aire más puro que yo he respirado en una gran urbe, en otoño.

Aquí os dejo unas imágenes de la metamorfosis que ha experimentado la ciudad en tres puntos aleatorios durante las cuatro estaciones, desde invierno hasta otoño. De arriba a abajo: la fuente Bethesda de Central Park, mi calle (Hart street) y el portal de mi casa.
OLI I7O

viernes, 30 de noviembre de 2007

Lincoln saboreado

Los más ancianos del lugar, recordaréis cuando antes de este blog os torturaba con las primeras crónicas por medio de correos (algo por lo que más de uno acabaría spamtado).
Uno de ellos tenía por asunto "Lincoln pisoteado". En él, contaba cómo frecuentemente encontraba por la calle céntimos de dólar (los llaman pennys, pero no hay que confundirlos con los peniques británicos) y los iba guardando en un bote, algo que casi todo el mundo por aquí hace.

El tiempo ha pasado, y ya tocaba cambiarlos por algo más que un montón de piezas de cobre. He ido a una sucursal del Commerce Bank porque según pude enterarme, allí tienen máquinas que te cuentan las monedas. Te devuelven un tique con el recuento (no te cobran comisión), y en la ventanilla te dan los billetes (si te llega) correspondientes.
La máquina, orientada para niños, es muy divertida. Sobre todo, porque al final, ganas. Aquí están los pasos que hay que seguir:

1) Echas las monedas en la bandeja.
2) Le das al botón de contar
3) La máquina cuenta las monedas y te sale el recibo.
4) Vas a la ventanilla, y te cambian el dinero.
Fijáos cómo en el tique dice que había dos monedas de 0,25$. Probablemente estarían dentro del hueco de la bandeja, porque yo no las traje conmigo. El caso es que me daban 3,97$, que redondeé a 4$ con otros céntimos que llevaba en el bolsillo.

Esos cuatro dólares eran el resultado de recoger cada Lincoln que me he encontrado pisoteado durante todo este tiempo. Como dije en el correo, podría pagarme una lavandería, pero me pareció que tomarme un helado de Ben&Jerry's (que cuesta más o menos eso) era la mejor forma de gastarlos. ¿Habéis leído lo que lleva?
Ya en casa, después de cenar, me he tomado el helado. A cada cucharada, he vuelto a recordar que para mí, la vida es mirar al cielo, y al suelo, y a los ojos, y recoger céntimos que nadie escucha al caer, y acumularlos en un bote, y llevarlos a cambiar en una máquina para niños con tipografía Comic Sans, y comprarte un helado con lo que te dan. La vida, en definitiva, puede resumirse en eso: saborear céntimos convertidos en helados.


OLI I7O

jueves, 29 de noviembre de 2007

Flora y fauna de Nueva York (6)

En esta serie de entradas sobre la flora y fauna de Nueva York, aún no había hablado de la flora. Tal día como hoy, hay un árbol en la ciudad que ha hecho sombra a cualquier otro, incluso a los omnipresentes ginkgos: el árbol de Navidad de Rockefeller Center, cuyo encendido marca oficiosamente el inicio de estas fiestas (aunque la bola de nieve del consumismo extremo ya lleva una semana rodando cuesta abajo).
Entre estas dos fotos hay dos horas de soporífera gala (pase de diapositivas, aquí), de la que sólo destaco a la simpática y guapísima Carrie Underwood, que además hace el play-back como nadie (qué joyita de niña), más dos horas previas esperando. En total, unas cuatro horas de pie, soportando un frío casi invernal, que ni siquiera las Rockettes (versión pastrami de las ja-monísimas burbujas Freixenet) han podido mitigar, para finalmente disfrutar de este momento que he grabado. Con todo, ¿si os digo que ha merecido la pena, os lo creeréis?

El encendido de hoy era el número 75 de la historia de la ciudad. Mientras esperaba a que empezase, se me ha ocurrido qué pasaría si durante la gala, el operario que se encarga de encenderlo, lo activase por error antes de lo previsto. Me ha venido a la mente esta escena. No obstante, al final todo salió según lo previsto (o mejor dicho, pese a lo previsto). Una pena. Hubiera sido divertido ver la cara desencajada de Toni Bennet mientras cantaba el Santa Claus.


OLI I7O

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Rincones

¿Quién esperaría encontrar algo interesante en el patio de un hospital? Pues sí. El Columbia Presbyterian Medical Center, también conocido como Presbyterian Hospital a secas, en Washington Heights (un barrio que ya está en mi top-five) esconde un par de rincones realmente especiales.
El primero de ellos es Olivia's Magic Garden. No he encontrado nada de información sobre esta área llena de estatuas de animales. No sé si será magia, pero darse una vuelta (literalmente) por este diminuto espacio sí que tiene encanto; por eso, he colgado este vídeo.

A veinte metros, sin salir del jardín, hay una placa que podría ser un punto de peregrinaje para muchos neoyorquinos, de no ser porque casi ninguno de ellos sabe de su existencia. Se trata de la base original desde la cual el equipo de béisbol de los Yankees (antes, New York Highlanders) bateaba cuando empezaron a jugar, hasta que se trasladaron al Yankee Stadium. Aviso: es realmente complicada de encontrar. Hasta que yo no estuve a un metro de ella, no la vi.
Si logramos verla, nos merecemos un homenaje gastronómico. Y para ello, el mejor lugar es otro rincón, el Rincón Centroamericano, en el 1229 de St Nicholas Avenue (a cuatro manzanas del hospital), un restaurante de comida salvadoreña. Ha sido el mejor descubrimiento gastronómico en mucho tiempo (ya ves, Roberto, que todos tus deseos se cumplen).
Es curioso cómo los centroamericanos tienen una identidad distinta a otros países latinos. Aquí en Nueva York, la mayor colonia de salvadoreños se encuentra en Jamaica (Queens), junto con sus vecinos hondureños y nicaragüenses.

Los salvadoreños tienen quesadillas, pero no tienen nada que ver con las mejicanas (las suyas son un postre dulce más parecido a una crema catalana). La horchata salvadoreña, también distinta a la mejicana -o la valenciana- está hecha a base de semilla de morro (crescentia, o árbol de la calabaza), arroz, leche, cacao y (¡tachán!) ajonjolí... Qué rica. Tienen otras bebidas típicas, como el marañón (zumo de marañón -fruta del anacardo-, piña y manzana) o la cebada (trigo, leche y fresa).

La comida base son las pupusas, una especie de tortas pequeñas que pueden ir rellenas principalmente de elote (maíz no madurado), o queso (las más ricas). Además de las pupusas, también tienen diversas carnes y mariscos. Entre los postres, además de la quesadilla, destaca la empanada de plátano.
Ni qué decir que el restaurante es de ambiente familiar. Yo me hinché a comer por 8$. Y estaba delicioso. Era una mezcla de sabores con base dulce (que no dulzona) que ya se ha quedado grabado en mi paladar.

Para terminar, aquí os dejo algunas fotos de otros rincones de Nueva York.
Convent Avenue, una preciosa calle de Harlem.Ella, posando para mí, en Hudson River Park (a la altura de 15th Street), en la costa oeste de Manhattan.
La vista de Manhattan (en su costa este) desde el parque sin nombre de Kent Avenue con North 9th Street, Williamsburg (Brookyln).
The Corner (El Rincón, o La Esquina), una taquería con sorpresa en sus entrañas.


OLI I7O

martes, 27 de noviembre de 2007

Staten Island (el otro barrio)

De los cinco barrios que forman Nueva York -Manhattan, Brooklyn, Bronx, Queens y Staten Island-, este último es sin duda el más desconocido. Pero, quien tenga un poco de curiosidad, a poco que se adentre, podrá tener vistas como esta: la isla de Manhattan, desde Victory Boulevard, parece flotar fantasmagóricamente encima de nosotros.
Si yo fuera Molinaro, rebautizaría Staten Island como Little San Francisco. La pendiente de las calles es muy parecida, y el tipo de casas es más propio de la costa oeste del país. Por no hablar del puente Verazzano-Narrows, que supera en grandiosidad al puente Golden Gate, como ya comenté.

Para conocer Staten Island, es necesario prepararse un poco los dos o tres puntos que queremos ver (folleto turístico en PDF, aquí). Es una isla aún más grande que Manhattan, casi tanto como la isla de Malta, y el ferry de regreso termina a ciertas horas, con lo que se reduce drásticamente el tiempo hábil de visita; tenemos que ir a piñón fijo.

Moverse por Staten Island implica utilizar transporte público o privado. Ahora entiendo por qué el citado puente no conecta Manhattan con, digamos, otro barrio más famoso: probablemente, el mayor porcentaje de coches privados se encuentre en Staten Island. De aquí se deriva otro rasgo del californianismo de esta isla: no puedes ir a comprar el pan sin coger el coche. De hecho, algunas calles ni siquiera tienen acera porque poca gente camina por Staten Island.

El tren es solo una línea que va de punta a punta. Así, es mediante autobús (plano en PDF, aquí) como mejor nos vamos a mover y como mejor vamos a apreciar las vistas y los rincones.

Pese a ser una zona básicamente residencial, Staten Island tiene áreas realmente curiosas, como este faro, en el interior de la isla, y que actualmente no se utiliza (los árboles han tapado la vista del mar).
A pocos metros del faro, se encuentra el Museo de Arte Tibetano. Es uno de los centros tibetanos más importantes del mundo, y no sólo exhiben piezas, sino que también organizan sesiones de meditación guiadas, viajes y otras actividades y encuentros. El día que fui (que era Black Friday), estaba cerrado; imagino que todos los lamas estarían siguiendo la estrella de Macy's. Tuve que conformarme con fotografiar la cúpula tras el muro, y la cancela de la puerta principal.
Mucha gente toma el ferry de Staten Island gratuito por las vistas que ofrece. Y, sin duda, esta es una de las experiencias más rentables de Nueva York. Pero si durante ese trayecto hay un segundo en que nos planteemos qué hay más allá del puerto de atraque, Staten Island es un destino que sorprenderá a más de uno.


OLI I7O

lunes, 26 de noviembre de 2007

Hispanic Society

Washington Heights, como ya comenté, es un barrio que merece una visita concienzuda. En Broadway con la calle 155, está la Hispanic Society of New York, uno de los centros hispanistas (fuera de la península ibérica, se entiende) más importantes del mundo.

El museo fue fundado en 1904 por Archer Milton Huntington, un amante de la cultura española que fue reuniendo obras de arte a partir de su propia colección. A la entrada del mismo, nos recible la imponente estatua del Cid, creada por su esposa, Anna Hyatt Huntington.
El patio en sí es espectacular, y merece una pequeña visita. Pero en el interior se encuentra probablemente el mayor patrimonio de arte español en proporción al pequeño espacio que lo alberga (tal vez sólo superado por el cuarto de baño de Carmen Cervera).
El museo huele a madera vieja, viejísima, que cruje a cada paso que das, lo que le da mayor grandeza a las obras que allí se encuentran. Entre ellas, obras que hemos visto mil veces y que, cáspitas, me produjo una gran sorpresa encontrar, como el retrato de la Duquesa de Alba (Goya) o la cabeza de San Francisco de Asís (El Greco). La sala de Joaquín Sorolla estaba cerrada por préstamo, pero volverá el año que viene.

El museo tiene un piso inferior y un corredor superior que rodea la sala, desde la cual se puede ver la planta baja. Todas las demás salas están cerradas, y mucho de lo que se menciona en la web de la Sociedad Hispánica es patrimonio no exhibido. O eso, o está muy bien escondido.
Fue precisamente desde la planta superior donde hice esta foto. La foto de la discordia:
Ese hombre que veis ahí abajo, al verme con la cámara, vino hacia mí corriendo para increparme que le estuviera haciendo una foto. Me quedé estupefacto. ¿Cómo puede ser una persona tan egocéntrica como para pensar que le estaba haciendo una foto a él, estando rodeado de obras de El Greco y Goya? La respuesta: era español.

Lo siento mucho. Ya es oficial. Salvo una notable excepción, que ya os contaré en otra ocasión, en Nueva York sólo he tenido problemas con gente de España. Y yo no he sido el único. Os podría contar mil historias mías y ajenas al respecto, pero quiero que sepáis que los españoles van (¿vamos?) de abiertos y extrovertidos, cuando lo cierto es que no he conocido una nacionalidad más desconfiada, prepotente y egocéntrica. ¿Que estoy deslumbrado por la ciudad? Puede ser, pero ya llevo un tiempo aquí como para poder opinar con un poco de perspectiva, y esta cuestión me hace soltar espumarajos por la boca. Eso sí, qué rico está el jamón y qué bien se come en España y olé.

El caso es que, pensando en mis paisanos, tras las recientes visitas que he tenido, he sacado las dos frases más habituales cuando los españoles visitan Nueva York:

1) En un autobús en Harlem: "Éramos los únicos blancos de todo el autobús" (pues yo apuesto lo que quieras a que ellos estarán más que acostumbrados a ver guiris flipados por esa causa).

2) Frente a la escalera de una salida de incendio: "¡Anda, pero si cualquiera podría llegar hasta ella desde el suelo!" (sí, pero los americanos ni siquiera se plantean hacerlo).

¿Es esta la sociedad hispánica que me voy a encontrar cuando regrese? Tranquilos, que se me pasará... Os dije que duraría poco.


OLI I7O

domingo, 25 de noviembre de 2007

Domino Sugar

Todo aquel que durante los últimos meses ha cruzado el puente de Williamsburg de noche, ha podido ver un edificio con unas enormes y misteriosas letras luminosas de palo que ponían SAVE DOMINO.
Ese letrero ya no está, pero "salvemos Domino" ha sido el grito de guerra de las numerosas asociaciones que salieron en defensa de la antigua fábrica de azúcar Domino, una empresa que desde siempre ha despertado simpatía entre los estadounidenses. Tras su cierre en 2004, el edificio fue adquirido por una sociedad anónima (CPC Resources), que siempre aseguraron que harían buen uso de él.

No obstante, los brooklynianos (entre los cuales se encuentra la activista Mikki Halpin), para asegurarse de que eso se cumpliría, pelearon hasta que el pasado mes de septiembre la fábrica fue declarada bien de interés local, (el comunicado oficial en PDF, aquí). La opción más apoyada para el destino de la misma es construir un centro cultural, tratando de conservar el cartel original de la fábrica, pero imagino que también construirán algunas casas, porque el espacio es enorme.

La web de Domino Sugar es completísima, en especial la evolución de sus anuncios desde que empezaron. La zona que rodea la fábrica es una de las que, en mi opinión, y junto con el Meatpacking District, más cambios podría experimentar en los próximos meses, ya que aún quedan numerosas zonas por edificar.


OLI I7O

sábado, 24 de noviembre de 2007

La ciudad de los muertos

No hay ningún lugar tan escalofriante en Nueva York como lo que estáis viendo: este cementerio de barcos en Staten Island.

Ya hacía tiempo que quería visitar Staten Island, más allá del famoso ferry gratuito. Quería ver varios lugares, que espero contaros en otra entrada, pero mi objetivo principal era este decadente lugar. Decenas de pecios amontonados, esqueletos de barcos, cuyo óxido se derrite fundiéndose con el mar. Restos de naufragios que se convierten en sal.

La ciudad de los muertos. He llamado así a la entrada porque todo lleva al mismo campo semántico. Este cementerio está en Arthur Kill Road. Lo de "kill" es la primera señal. La segunda señal es su localización: cerca del barrio de Tottenville, palabra que al ser escuchada por un alemán, entendería, casi literalmente, "La ciudad de los muertos", si bien el nombre realmente honra a Gilbert Totten. Este lugar, además, es otro escenario de Across the Universe (lo que no cuentan en la película es cuánto tardarían en llegar desde su casa hasta allí).
Mi periplo por Staten Island ha resultado ser uno de los mejores días que he vivido en Nueva York, con un día otoñal perfectamente despejado y fresco. Al terminar mi visita a este particular cementerio, he conocido a un hombre que también venía de hacer fotos, pero él se había preparado a conciencia: se había puesto un traje de neopreno para caminar por las zonas más pantanosas que hay entre los barcos.

El hombre había estado varias veces allí. Era fotógrafo de profesión. Su coche era el típico almacén de objetos inútiles desperdigados por todas partes, cajetillas de tabaco a medio gastar, peluches erosionados, vales de descuento caducados y números de teléfono apuntados en cualquier parte. Me enseñó fotos de ese mismo lugar, así como de sus viajes a China, porque era maestro de kung fu, budista, y un hombre de mundo.

Me ofreció llevarme a Manhattan, y como la conversación me interesaba tanto, acepté. Por el camino, nos tomamos un café, y seguimos hablando de la vida. John, que así se llamaba, hablaba con pasión sobre la religión, bromeando incluso: "Has tenido suerte de montarte en el coche de un budista blanco..." "Bueno, con Richard Gere, ya sois dos", le dije.

De pronto, se encaminó hacia el puente de Verazzano-Narrows. No os conté que, el día que lo visité, quise haberlo cruzado, pero los autobuses van por el piso inferior, y lo descarté. Dado que iba a cruzarlo en el coche de John, le pedí que fuera por el nivel superior. Por la experiencia de cruzar ese descomunal puente, estaba dispuesto a pagarle los 9$ de peaje.

La casualidad quiso que hubiera obras en el piso inferior, y todo el tráfico (poco, ya que hoy era Black Friday, el mayor día de consumismo norteamericano) había sido desviado por el piso superior, sin tener que pagar peaje. He podido cruzar el puente de Verazzano-Narrows con una luz de atardecer, reflejada en la mole de acero, que me ha dejado sin respiración, como si fuese mi primer día en la ciudad.
(¡Sí, eso es la luna llena!)

John me dejó en el World Trade Center. Al despedirnos, me dice: "No hay casualidades". Salí de casa por la mañana en busca de la ciudad de los muertos, y he vuelto más vivo que antes.


OLI I7O

viernes, 23 de noviembre de 2007

Sobre puentes

El puente de Verazzano-Narrows, que conecta el sur de Brooklyn con Staten Island, es grande, muy grande. Y está muy lejos, en la zona de Bay Ridge (junto a Sunset Park), popular en el cine, entre otras, por la película La Sombra del Diablo y porque este verano hubo allí un tornado que arrambló con varias casas.
Lo primero que me vino a la mente al ver el puente de Verazzano-Narrows fue plantearme si era más grande que el puente Golden Gate de San Francisco. Bueno, miento; fue lo segundo que pensé. Lo primero fue un sonoro "¡hotiá!" mental. Efectivamente, el puente de Nueva York es más largo que el de San Francisco, y por él pasan unos unos 194.000 coches al día (por el Golden Gate sólo unos 100.000).
Hablando de puentes, muchos estadounidenses están de ídem, porque hoy ha sido el día de Acción de Gracias (Thanksgiving Day); repito, solamente aquí (en Canadá no es este día, según nos contó la vecina María). El nombre de la fiesta viene porque los primeros colonos estadounidenses (los llamados Pioneros) no sabían ni cultivar manzanos, y fueron los indios nativos los que les enseñaron a prosperar. Al año siguiente, en agradecimiento, los colonos invitaron a los indios a una gran cena con todas las cosechas para agradecerles todo lo que aprendieron.

Esta cordialidad está a años luz de las matanzas que sufrieron los nativos por parte de los colonos durante los asentamientos. Por eso, los estadounidenses más concienciados con este pasado negro, han rebautizado esta fiesta como Thankstaking (más o menos, "Acción de Robo"). Hoy en día, la fiesta se resume muy bien en el sms que he recibido de un amigo: "¡Feliz Acción de Gracias! Come, bebe y disfruta el atracón durmiéndote en el sofá arrullado por la dulce nana del partido de rugby."
Mi noche de Acción de Gracias ha sido genial. He dado un paseo con unas amigas y nos hemos metido a un cine a ver Enchanted. Me lo he pasado pipa viéndola, además de que la implicación (y participación) del público norteamericano es espectacular (aplausos, abucheos a los malos de la peli, exclamaciones de compasión ante una situación injusta...). Es, además, una de las películas que mejor enseña Nueva York y los neoyorquinos. Cualquiera que sienta pasión por la ciudad, debe ir a verla. Yo, al salir del cine he podido volver a casa andando por muchas de las localizaciones. Qué privilegio.


OLI I7O